sábado, 7 de noviembre de 2015

El auto del Vasco

La noche había muerto. Las tinieblas del salón se vieron acosadas por los haces de luz que se filtraban por las ventanas cerradas. Uno podía mirar al suelo y ver una eternidad de vasos como asteroides a la deriva en el espacio infinito. Y una fina capa de barro lo cubría todo como el éter. La escena era algo parecido a un terrible sueño en el que una horda de muertos vivientes emergen de un pantano. Nosotros éramos los muertos.

Salimos a la calle. El sol nos tomó por sorpresa y miles de ojos se entrecerraron hasta al fin acostumbrarse. Miraba a mi alrededor y veía a un montón de jóvenes ebrios y felices. Tal vez fuera por mi edad, tal vez me había perdido de algo, tal vez me faltaba alcohol, pero no compartía la emoción, yo solamente quería irme a casa. 

De golpe, como una cachetada, como una piñata que explota, apareció el frío. O acaso siempre había estado allí, pero no lo habíamos notado. En una actitud patotera exigimos al Vasco ir a su auto. Sin decir nada, el dueño del vehículo empezó a caminar en la dirección de su casa. Hicimos media cuadra y lo vimos. Estacionado ahí, esperándonos, ilusionándonos con su calefacción, con un viaje tranquilo a nuestros hogares, a nuestras camas. Nos detuvimos expectantes frente al Bora celeste. El Vasco metió la mano en el bolsillo de su camisa, luego en el bolsillo izquierdo de su jean, en el derecho y en todos los recovecos de su vestimenta. Repitió la acción cual coreografía unas tres veces. Las llaves habían desaparecido. Nos miró con una tranquilidad admirable, casi exagerada y nos dijo - muchachos, perdí las llaves -. Comenzó a caminar hacia su casa, que estaba a dos cuadras de nuestro lugar. Juancito se apuró a preguntarle -¿estás yendo a buscar la copia?-. No hubo respuesta, sólo una mirada que interpretamos de afirmación.

Veinte minutos estuvimos esperando. Con ese frío ya instalado en nuestros huesos, con ese sol que más alto se elevaba, mezquino, acaparando todo su calor. ¿Le habría pasado algo al Vasco? ¿encontraría las llaves? pensamientos más oscuros empezaron a aparecer en nuestras mentes, ¿había sido capaz de irse a dormir y dejarnos a la deriva? El tiempo avanzaba, la última incógnita se hacía certeza.  

De un momento a otro empezamos a tomar conciencia de nuestra situación. Teníamos que caminar. Yo, en particular, debía atravesar medio pueblo hasta llegar a mi casa. El panorama era trágico. El Bora nos hacía de apoyo, nos miraba y se disculpaba por la maldad de su dueño, nos miraba tan sorprendido, tan defraudado como nosotros. A él también lo habían abandonado, a él también lo habían traicionado.

Con la derrota aceptada, nos disponíamos a emprender la caminata. La horrible, eterna, pesada, fría caminata. De pronto, un auto apareció en escena, aminoraba la marcha, se acercaba a nosotros, era un auto conocido, ¡Era Víctor! ¡Era el pozo de agua en el desierto!. - ¿muchachos, qué hacen? - preguntó. Mientras le explicábamos lo sucedido, su expresión empezó a cambiar ¿esbozaba una sonrisa? esbozaba una sonrisa. Cuando terminamos el relato, soltó una carcajada: - ¡Pero ese no es el auto del Vasco!. Ahí nos acordamos que habíamos ido a pie a la fiesta, ahí nos dimos cuenta que nuestro amigo nos había bailado sabroso.
















No hay comentarios:

Publicar un comentario